El debate sobre cómo debe ser un hogar vuelve a centrarse en las personas. Durante la Expo Mueble Internacional 2026, Mariangel Coghlan, arquitecta e interiorista, planteó una premisa que reordena prioridades: antes de definir colores, muebles o tendencias, es imprescindible conocer a quienes usarán el espacio. Ese enfoque —conocido como diseño antropológico— busca que la casa deje de ser una postal y se transforme en un lugar que acompañe la vida cotidiana.
Un diseño con sentido humano
La idea contrapone dos maneras de proyectar: una centrada en la apariencia y otra en la habitabilidad. Un interior puede estar impecable desde la mirada estética y, aun así, fallar en su propósito si no responde a los hábitos, necesidades y preferencias de sus ocupantes. Para Coghlan, el punto de partida debe ser el conocimiento del usuario: su rutina, su manera de relacionarse con el espacio, sus recuerdos y expectativas.
“El diseño adquiere sentido cuando es habitado.”
Esta mirada amplía la conversación más allá de lo visual. La distribución, la iluminación, la ventilación, los materiales, la acústica y la ergonomía son variables que influyen directamente en el bienestar físico y emocional. En ese sentido, el diseño deja de ser solo estética para convertirse en una forma de cuidado.
Diseñar es cuidar y elegir conscientemente
La perspectiva presentada en la exposición incorporó también una dimensión ética: elegir materiales y objetos con responsabilidad. Coghlan citó a la diseñadora y académica Mariana de la Fuente, autora de Interiores del alma, quien define un buen espacio como aquel que protege y acompaña a quien lo habita. Esa definición obliga a pensar en durabilidad, impacto ambiental y en el ciclo de uso de los objetos, más que en la novedad o la moda momentánea.
- Funcionalidad antes que moda: priorizar soluciones que faciliten la vida diaria por sobre elementos que solo buscan una imagen.
- Bienestar integral: evaluar factores como acústica, ventilación y ergonomía como parte del proyecto.
- Consumo responsable: optar por materiales y piezas que resistan el uso y tengan menor impacto ambiental.
Es una invitación a redefinir la inversión en la casa: no se trata únicamente de destinar presupuesto a evidentemente ostentoso, sino de dirigir recursos hacia aquello que aumente la calidad de vida. Pensar qué usos tendrá cada mueble o revestimiento y cómo se integran con las rutinas familiares permite evitar decisiones costosas en el mediano plazo.
De la teoría a la práctica: ¿qué cambia en un proyecto?
En la práctica, aplicar este enfoque modifica etapas del proyecto: la entrevista inicial con el cliente se vuelve central, la observación de hábitos toma tiempo y la solución final puede priorizar objetos multifunción o materiales que faciliten mantenimiento. No hay un único estilo: el resultado será más auténtico porque partirá de la singularidad de quienes viven el espacio.
| Enfoque tradicional | Diseño antropológico |
|---|---|
| Primero la imagen y las tendencias | Primero las necesidades y hábitos de los habitantes |
| Selección por estética | Selección por funcionalidad y durabilidad |
| Decisiones puntuales | Soluciones integrales que cuidan al usuario |
El resultado buscado es simple en su intención pero exigente en su ejecución: espacios que favorezcan la cotidianidad y el bienestar. No se trata de renunciar a lo bello, sino de que la belleza emerja del uso y del cuidado por las personas que habitan el lugar.
“Un buen espacio es aquel que cuida a la persona que lo habita.”
Ese cambio de mirada, planteado durante la Expo Mueble Internacional 2026, empuja también a consumidores y profesionales a repensar prioridades: invertir tiempo en conocer al usuario, evaluar impactos ambientales y construir propuestas que perduren. Al final, diseñar para vivir implica que el hogar cumpla su rol esencial: ser un soporte para la vida cotidiana, no solo una imagen para redes.