La imagen del fin del mundo ha vuelto a instalarse en el imaginario cultural como una metáfora vigente para pensar la política, la estética y la ansiedad colectiva. La reaparición de ese motivo no llega sola: se presenta en una versión remasterizada que combina referencias históricas del arte con lecturas contemporáneas sobre la inestabilidad social y la amenaza sistémica.
Ad Reinhardt y la pintura del límite
En la discusión sobre finales y clausuras en el arte aparece con fuerza la figura de Ad Reinhardt. En 1964, Reinhardt mostró una serie de lienzos casi monocromos —las llamadas Black Paintings— que fueron interpretadas como un gesto extremo sobre los límites formales de la pintura. A finales de los años sesenta, el propio artista llegó a describir esas piezas como «las últimas pinturas que cualquiera puede hacer», un enunciado que alimentó la idea de que se había alcanzado un tope evolutivo en el medio pictórico.
La constatación de un límite artístico respondió, entonces, a una pregunta sobre lo que queda por decir o hacer dentro de un lenguaje dado. El crítico Arthur C. Danto articuló esa sensación con la fórmula de la «muerte del arte», aunque la historia posterior mostró que de aquella aparente clausura surgieron nuevas prácticas y discursos: lo que algunos anunciaban como final dio paso, en realidad, a formas distintas de producción y comentario.
El fin reciclado como narrativa contemporánea
La recuperación actual del motivo apocalíptico no es idéntica a las convenciones del pasado. El relato que se impone ahora presenta un «fin» reciclado, una versión permanente del colapso que se actualiza con elementos tecnológicos, geopolíticos y culturales. En esa reconstrucción cabe la alarma por riesgos globales —desde conflictos de gran escala hasta amenazas ambientales— y también una dimensión estética que transforma la catástrofe en un escenario narrativo.
Autores y analistas contemporáneos denominan esa tendencia con expresiones que señalan con dureza el componente político del fenómeno: la idea de un «fascismo de los tiempos finales» pone el acento en cómo las políticas y los discursos pueden aprovechar la sensación de desastre para consolidar agendas autoritarias y normalizar formas de control en nombre de la supervivencia.
Consecuencias para la cultura y la ciudadanía
La persistencia del mito del cierre absoluto tiene efectos prácticos sobre la vida cultural y pública. En primer lugar, refuerza una narrativa que privilegia el miedo y la expectativa del cataclismo como motor de consumo simbólico. En segundo lugar, sirve como coartada para decisiones políticas basadas en urgencia: si todo está abocado al colapso, se relativizan procesos deliberativos y participativos. Y, finalmente, condiciona el modo en que el arte reflexiona sobre su propia condición: entre la autocrítica y la reinvención, la creación artística sigue encontrando espacio para la innovación.
- 1964: exposición de las Black Paintings de Ad Reinhardt.
- 1968: periodo asociado a la idea de finalización en discursos artísticos críticos.
- Actualidad: reaparece el tema del apocalipsis adaptado a contextos políticos y tecnológicos.
«las últimas pinturas que cualquiera puede hacer»
Esa frase de Reinhardt, citada con frecuencia, funciona como un ancla histórica para una discusión más amplia sobre los límites del lenguaje artístico y la manera en que la cultura procesa sus propios finales imaginados. Sin embargo, la lección de las décadas siguientes muestra que un diagnóstico de clausura no equivale necesariamente a un cese de la producción creativa: más bien suele ser el punto de partida para transformaciones.
En definitiva, la nueva versión del fin del mundo se presenta como un espejo: refleja tanto las inquietudes colectivas del presente como las herramientas —estéticas, políticas y discursivas— con las que las sociedades intentan dar sentido a su porvenir. La cultura, lejos de ser el simple eco de esa ansiedad, actúa como espacio de resistencia y reinterpretación, capaz de convertir la amenaza de cierre en ocasión para imaginar alternativas.