Los juegos de grupo que asignan etiquetas —«el planificador», «el gracioso», «el ingenuo»— no son inocuos: con el tiempo, pueden consolidarse como expectativas que pesan sobre las personas y limitar la evolución de sus identidades dentro de una pandilla. Esa dinámica, que hoy reaparece en fiestas y redes sociales, reproduce mecánicas del pasado y puede generar conflictos cuando las percepciones ajenas no coinciden con la autopercepción.
De los anuarios escolares a las apps: una etiqueta que perdura
La costumbre de etiquetar compañeros no es nueva. A principios del siglo XX, los anuarios escolares en Estados Unidos incorporaron apartados conocidos como Most Likely To o Superlatives, donde los alumnos votaban cuál de sus compañeros era «más probable que» lograra cierto destino. Esa fórmula se trasladó a redes como Instagram y TikTok y hoy se materializa en juegos y aplicaciones para reuniones sociales. Aunque en un principio puede resultar divertido, la práctica también reproduce jerarquías y expectativas que después pesan en la vida cotidiana.
“El rol es el papel que desempeñan los integrantes de un grupo dentro del mismo, pero que depende del interjuego dinámico del grupo y no de las características de cada individuo”.
La definición pertenece al psicoanalista argentino Enrique Pichon-Riviére, quien describió al grupo como «un conjunto restringido de personas que se proponen de forma implícita y explícita una tarea que conforma su finalidad», interactuando mediante mecanismos complejos de asunción y atribución de papeles.
Por qué la etiqueta duele: adolescencia, cambio y resistencia
El problema se intensifica cuando los roles se fijan desde la adolescencia, una etapa en la que la personalidad todavía se está consolidando y la influencia del círculo social suele ser mayor. Si la etiqueta no se renegocia con el tiempo, puede provocar disonancia: la persona cambia, aprende y entra en contacto con nuevas experiencias, pero el rol adjudicado permanece. Esa discrepancia puede traducirse en malestar, incomodidad en las reuniones y, en casos más extremos, desconexión del grupo.
Es habitual que en las pandillas se repitan ciertas figuras que permiten al grupo organizarse y funcionar. Entre las más frecuentes se encuentran:
- El planificador: quien organiza salidas y coordina actividades.
- El fiestero: asociado al ocio y a las celebraciones.
- El cotilla: fuente de chismes y novedades del grupo.
- El cuidador: el que ofrece apoyo emocional y contención.
- El gracioso: quien aligera tensiones con humor.
- El ingenuo y el ligón: roles ligados a expectativas sobre conducta sentimental.
| Rol frecuente | Riesgo si se fija en el tiempo |
|---|---|
| Planificador | Agotamiento y sensación de obligación |
| Gracioso | Dificultad para expresar emociones serias |
| Cuidador | Sobrecarga emocional y falta de límites |
Renegociar roles para mantener vínculos sanos
Una clave para evitar que las categorizaciones dañen a largo plazo es la renegociación: que el grupo y sus integrantes revisen y ajusten las expectativas a medida que las personas cambian. Esa práctica permite que los lazos se adapten a nuevas fases de la vida y a intereses distintos, y reduce la posibilidad de que alguien se sienta atrapado en una identidad que ya no le corresponde.
En contextos donde la asignación de papeles se vuelve rígida, conviene poner en marcha estrategias sencillas: abrir conversaciones honestas sobre cómo se siente cada uno con su rol, repartir responsabilidades que habitualmente recaen en una sola persona y ofrecer espacio para que todos muestren facetas menos conocidas. Así, la amistad sigue siendo un espacio de crecimiento y no una cárcel afectiva.
Las dinámicas grupales forman parte de la vida social y, bien gestionadas, potencian el apoyo mutuo. El desafío es que esas dinámicas sean flexibles y respeten la evolución de cada integrante, evitando que un juego —por más inofensivo que parezca— termine marcando para siempre quién somos ante los ojos de los demás.