El trauma no es solo el hecho ocurrido en el pasado: es la huella que ese evento deja en el cuerpo y en el sistema nervioso, y que puede permanecer latente para reactivarse con estímulos posteriores. Así lo expone el psiquiatra y especialista en adicciones e infancia Gabor Maté en una entrevista citada recientemente, en la que subraya que dejar pasar el tiempo no equivale a curar una herida psíquica.
“El trauma es una herida en tu cuerpo, en tu sistema nervioso, que aparece de diferentes vías que no son agradables. Es como una herida física que no cura, que aunque pase el tiempo si la tocas revives el mismo dolor”.
Escala del problema
Las cifras citadas en la entrevista ponen en perspectiva la magnitud del fenómeno: en Europa se estima que alrededor del 42% de los adultos sufrió al menos una experiencia adversa en la infancia, y casi 20% reportó más de una. En Estados Unidos, el estudio CDC-Kaiser ACE Study eleva la prevalencia hasta el 69% de adultos que vivieron experiencias adversas tempranas.
Los expertos señalan que el trauma puede quedar aparentemente «dormido», pero ante un estímulo —emocional, físico o situacional— reaparece provocando sufrimiento persistente. El concepto central que aporta Maté distingue entre el acontecimiento y la lesión que este deja: no es el episodio en sí lo que define el trauma, sino la persistencia de la herida en el organismo.
Impacto y prevención
El mismo estudio CDC-Kaiser que documenta la prevalencia también ofrece una vía esperanzadora: medidas de prevención de experiencias adversas en la infancia podrían reducir en hasta un 78% los casos de depresión en la adultez. Esa relación subraya que la mitigación temprana de riesgos en la infancia tiene efecto directo sobre la carga de enfermedad mental posterior.
| Región/Estudio | Adultos con al menos 1 experiencia adversa |
|---|---|
| Europa (estimación citada) | 42% |
| Estados Unidos (CDC-Kaiser ACE Study) | 69% |
Recomendaciones prácticas
Traducir el lenguaje técnico a acciones concretas es fundamental para quienes viven con secuelas o buscan prevenir daño en la infancia. A partir de los elementos expuestos por Maté y los análisis epidemiológicos, sugerimos medidas claras:
- Atención temprana: ante señales de maltrato, negligencia o situaciones familiares adversas, buscar orientación en servicios de salud mental o protección infantil; la intervención oportuna reduce secuelas.
- Evaluación profesional: si persisten síntomas como angustia intensa ante recuerdos, reacciones desproporcionadas a estímulos o dificultades funcionales, solicite evaluación con psicólogo o psiquiatra.
- Entornos protectores: fomentar relaciones seguras y rutinas estables en la infancia ayuda a mitigar el riesgo de que experiencias adversas se traduzcan en trauma duradero.
- Educación emocional: enseñar a niñas, niños y adolescentes a identificar emociones y regularlas reduce la probabilidad de que episodios dolorosos dejen huella crónica.
- Redes de apoyo: mantener contacto con familiares, amigos y grupos comunitarios facilita la recuperación y la detección temprana de necesidades.
Si bien el concepto de «curación» puede dar lugar a confusiones, Maté precisa que sanar no implica borrar el episodio, sino recuperar la integridad de la persona: volver a ser «total» pese a lo ocurrido. Esa perspectiva remite a tratamientos que combinan trabajo corporal, terapias psicológicas y entornos de apoyo, aunque la entrevista no detalla protocolos específicos.
Consecuencias para políticas públicas
Los datos citados obligan a reflexionar sobre la inversión en prevención y en servicios de salud mental accesibles. Reducir las experiencias adversas en la infancia influye directamente en la incidencia de trastornos como la depresión en la adultez, con repercusiones en productividad, demanda de servicios sanitarios y bienestar social.
Para personas que han vivido experiencias adversas, el mensaje es doble: reconocer que la herida existe y que existen vías de ayuda, y que esperar a que el tiempo lo cure no suele ser suficiente. Buscar apoyo profesional y social, promover entornos seguros para la niñez y fortalecer estrategias de prevención son pasos concretos que pueden marcar la diferencia.