El reciente terremoto que afectó a familias en Colombia reabrió preguntas que muchos padres evitan: ¿cómo hablar del miedo y la muerte con los hijos?, ¿cómo contener su angustia sin anular su capacidad de afrontamiento? La pedagoga y especialista en neuroeducación Juanita de Boada plantea que la respuesta efectiva parte de la conexión entre padres e hijos y de ofrecer herramientas para enfrentar la vida, más que de procurar una protección absoluta.
Presencia, no sobreprotección
De Boada —educadora, coach logoterapeuta y con más de 20 años de experiencia en crianza y aprendizaje— advierte que acompañar no es sinónimo de evitar el sufrimiento. Según la experta, los progenitores que permanecen atentos a las necesidades emocionales de cada hijo pueden modular mejor la respuesta ante eventos traumáticos y diferenciar las estrategias para niños con temperamentos distintos.
"No eduquemos haciendo permanentemente felices a nuestros hijos. Nuestra labor no es evitarles todo sufrimiento, sino darles herramientas para enfrentar la vida."
En el contexto del desastre, la enseñanza central es clara: el acompañamiento debe combinar afecto con límites. Esa mezcla facilita que los menores reconozcan sus emociones, aprendan a expresarlas y desarrollen capacidad de recuperación.
Recomendaciones prácticas para padres y cuidadores
- Poner límites: mantener rutinas y normas provee seguridad en momentos de incertidumbre.
- Acompañar el dolor: validar emociones sin minimizar ni dramatizar el sufrimiento del menor.
- Permitir equivocaciones: aceptar errores como oportunidades de aprendizaje y crecimiento.
- Hablar de lo que incomoda: abordar temas como la muerte y el miedo con lenguaje claro y acorde a la edad.
- Adaptar la respuesta: reconocer que dos hijos pueden necesitar respuestas distintas según su sensibilidad y temperamento.
Estos puntos, señala De Boada, ayudan a transformar la empatía en acciones concretas que enseñan a los niños a enfrentar la adversidad en lugar de evitarla. El objetivo no es eliminar la angustia, sino dotar a los menores de herramientas emocionales y prácticas para procesarla.
Consecuencias para la educación y la comunidad
La entrevista también señala que la forma en que las familias reaccionan frente a un desastre influye en la dinámica escolar y social. Padres y educadores con una estrategia de acompañamiento coherente facilitan la reintegración de los niños a la escuela y favorecen el reconocimiento temprano de síntomas de estrés o duelo que requieren apoyo profesional.
| Problema | Respuesta recomendada |
|---|---|
| Miedo e incertidumbre | Validación emocional y rutinas consistentes |
| Reacciones distintas entre hermanos | Respuestas diferenciadas según temperamento |
| Evitar hablar de la muerte | Conversaciones claras y adaptadas a la edad |
La especialista insiste en que el acompañamiento efectivo es también preventivo: al enseñar a los niños a tolerar frustraciones y a resolver problemas, se reduce la probabilidad de que desarrollen problemas más serios de salud mental a largo plazo.
Para padres y cuidadores, la invitación es a revisar la propia conducta: estar presentes, observar sin juzgar y ofrecer límites firmes. De Boada recuerda que la crianza deseable combina cariño con guía, y que en momentos de crisis esa combinación resulta especialmente necesaria para que los menores construyan resiliencia.
En resumen: frente a un desastre natural, la prioridad no debe ser proteger a los hijos de todo sufrimiento, sino acompañarlos de modo que aprendan a enfrentarlo. Esa tarea exige presencia, constancia y disposición para hablar de lo que incomoda, siempre considerando las diferencias individuales de cada niño.