El uso de dispositivos electrónicos entre los menores plantea preocupaciones crecientes cuando su consumo deja de ser complementario y comienza a sustituir otras actividades cotidianas, según analiza el psicólogo Daniel Valencia, del Hospital Ribera Juan Cardona. En un texto dirigido a familias y profesionales, Valencia defiende una gestión educativa y mesurada de las pantallas en lugar de prohibiciones tajantes que, advierte, suelen generar conflictos.
Uso guiado frente a prohibición
Valencia parte de una premisa pragmática: la tecnología forma parte del entorno de los niños y niñas, y es más efectivo enseñar a manejarla que intentar negar su existencia. El especialista propone observar qué hacen los menores cuando están conectados y orientar ese tiempo hacia actividades formativas o creativas. En ese marco, la presencia de pantallas no sería por sí misma un problema siempre que convivan con otras rutinas saludables.
«Si desplazan al resto de actividades»
El psicólogo emplea una expresión contundente para marcar el umbral de riesgo: las pantallas se convierten en un problema «si desplazan al resto de actividades». Como indicadores de alarma, Valencia cita la pérdida de interés por tareas previamente disfrutadas, la irritabilidad al pedir que se deje el dispositivo o la incapacidad de entretenerse sin una pantalla.
Señales de alerta y recomendaciones prácticas
El artículo subraya que no existe un único criterio temporal aplicable a todos los menores; en cambio, el profesional recomienda que los padres establezcan límites claros y coherentes desde el inicio. A continuación se recogen, a partir del análisis de Valencia, varias señales y normas prácticas que pueden ayudar a familias y educadores:
- Observar el contexto: valorar si el uso de pantallas convive con deporte, sueño adecuado y relaciones sociales.
- Vigilar cambios de conducta: irritabilidad ante la retirada del dispositivo o desinterés por actividades anteriores.
- Establecer límites: marcar horarios y tipos de contenidos aceptables desde edades tempranas.
- Evitar medidas abruptas: no pasar de permisividad total a prohibición estricta para prevenir conflictos.
- Supervisar el contenido: interesarse por lo que el menor consume y por qué le resulta atractivo.
Estas pautas buscan, según Valencia, que la relación de los menores con la tecnología sea controlada y formativa, sin desatender otras áreas esenciales del desarrollo infantil.
Consecuencias del uso desmedido
El texto advierte sobre efectos indirectos del abuso de pantallas que suelen percibirse en la dinámica familiar y escolar: alteraciones en el descanso, menor participación en actividades físicas y empobrecimiento de las interacciones cara a cara. Asimismo, el experto recuerda que la respuesta parental es determinante: «Si durante semanas somos demasiado permisivos, y de repente prohibimos el uso drástico de pantallas se produce un conflicto», señala como observación sobre la gestión de normas.
| Indicador | Consecuencia |
|---|---|
| Irritabilidad al apagar el dispositivo | Posible dependencia emocional a la pantalla |
| Pérdida de interés en actividades previas | Reducción de la diversidad lúdica y social |
| Incumplimiento del sueño | Fatiga diurna y peor rendimiento escolar |
El planteamiento de Valencia es práctico y orientado a la prevención: no estigmatizar la tecnología, sino emplearla como herramienta educativa siempre que no sustituya el resto de experiencias propias de la infancia.
En definitiva, el mensaje central para padres y responsables educativos es mantener una actitud vigilante, coherente y progresiva en la regulación del tiempo de pantalla, favoreciendo alternativas de ocio que permitan a los menores desarrollar habilidades físicas, sociales y emocionales fuera del ámbito digital.