El sistema lagunar del macizo de Peñalara, que celebra dos décadas en la lista Ramsar, refleja con series de observación y tecnología una evolución marcada por el calentamiento y la pérdida de agua en alta montaña. Investigaciones históricas y los actuales trabajos de seguimiento muestran que numerosos humedales que eran permanentes han dejado de serlo, con consecuencias para la biodiversidad y la gestión del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.
Un registro que se remonta al cuaternario y evidencia recientes retrocesos
La historia geológica del macizo arranca hace decenas de miles de años, cuando la acción glaciaria modeló depresiones que hoy alojan las láminas de agua. Un estudio de la Universidad Complutense de Madrid, citado por investigadores del parque, sitúa la máxima extensión glacial hace unos 30.000 años, un periodo en que la acumulación de nieve llegó a alcanzar niveles muy superiores a los actuales. Según ese análisis, la temperatura media anual era aproximadamente 9ºC inferior a la actual y los glaciares dejaron las hondonadas que originaron los humedales.
La posterior retirada del hielo, iniciada hace cerca de 13.000 años, dejó las cavidades que se llenaron de agua y dieron lugar al sistema lagunar que hoy se estudia y protege.
Del pasado reciente al presente: menos lagunas con agua todo el año
Los registros de las últimas décadas muestran cambios significativos en la persistencia estacional del agua. Mientras que antiguamente entre 20 y 30 de las láminas mantenían agua durante todo el año, en la actualidad solo 7 lo hacen. Este descenso es especialmente relevante para especies dependientes de esas masas de agua, como ciertos anfibios.
«El macizo de Peñalara es la parte más frágil del Parque Nacional de Guadarrama, sobre todo el sistema lagunar. [...] Todas estas láminas de agua son un referente porque en ellas se detecta muy bien la contaminación atmosférica y el cambio global»
La Laguna Grande, citada por los responsables del parque, es un ejemplo de cómo un elemento llamativo puede ser, en términos físicos, modesto: tiene alrededor de 5 metros de profundidad y aproximadamente 150 metros de longitud, fruto de una lengua glaciar que avanzó unos 500 metros.
| Periodo | Láminas con agua todo el año |
|---|---|
| Hace unas décadas | 20–30 |
| Actualidad | 7 |
Monitoreo y herramientas: sensores y datos frente al cambio
Ante el retroceso observado, la conservación combina trabajo de campo con instrumentación y análisis de series temporales. El seguimiento de la calidad del agua, la presencia de contaminantes atmosféricos y la evolución de la lámina hídrica permite detectar tendencias que actúan como indicadores tempranos del cambio global.
- Series temporales: tres décadas de datos permiten evaluar variaciones y establecer comparativas.
- Sensores y redes de monitoreo: registran parámetros físicos y químicos esenciales para la gestión.
- Indicadores biológicos: la disminución de lagunas permanentes afecta especialmente a anfibios y otras especies vinculadas al agua.
Los responsables del parque y los investigadores subrayan que la concentración de esfuerzo en estas pequeñas masas de agua proporciona un registro especialmente sensible de la contaminación atmosférica y del calentamiento, puesto que la respuesta de estos ecosistemas es rápida y claramente medible.
La situación planteada por el sistema lagunar de Peñalara plantea retos para la conservación en alta montaña: mantener la integridad de hábitats frágiles, adaptarse a escenarios de menor disponibilidad hídrica y disponer de sistemas de vigilancia que informen políticas de gestión basadas en evidencia científica.
El conocimiento acumulado en los últimos años ofrece una base para tomar decisiones informadas, pero la tendencia a la reducción de lagunas permanentes subraya la necesidad de integrar medidas de conservación, monitoreo continuado y políticas ambientales que atiendan específicamente los efectos del cambio climático en ecosistemas de alta montaña.