En el debate público de Nariño reaparece con fuerza una inquietud que atraviesa plazas, tiendas y redes sociales: ¿por qué protestamos tanto y actuamos tan poco? Una columna de opinión difundida esta semana por Pablo Emilio Obando A. pone el foco sobre esa aparente contradicción y plantea que la ciudadanía debe revisar hasta qué punto tolera, acepta o reproduce las fallas que tanto critica.
De la queja al carácter cívico
Según el autor, en el departamento se ha naturalizado una cultura de queja que funciona como válvula de escape: «Nos quejamos en la tienda, en el taxi, en la esquina y ahora también en las redes sociales», escribe Obando. Esa queja repetida, agrega, corre el riesgo de convertirse en una costumbre que no cambia realidades.
«¿Para qué meterse en problemas?»
La pregunta que plantea el texto es incómoda pero pertinente: más que saber qué hacen mal los otros, conviene preguntarse qué estamos dispuestos a dejar de tolerar. Ese giro del reproche hacia la autocrítica interpela comportamientos individuales y colectivos —desde la tolerancia al mal servicio hasta la preferencia por la recomendación por encima de la meritocracia— que, según el autor, contribuyen a perpetuar problemas como la corrupción y el abandono institucional.
Implicaciones para la vida pública en Nariño
La reflexión tiene efectos prácticos sobre varias esferas de la vida regional. Primero, en la calidad de la gobernanza: elegir por simpatía, parentesco o conveniencia, como señala el texto, incide en la composición de las administraciones locales y en la forma como se priorizan los recursos. Segundo, en la convivencia cotidiana: aceptar el maltrato o el mal servicio como normal erosiona la relación entre ciudadanía y funcionarios públicos. Y tercero, en la eficacia de las denuncias: sin seguimiento ciudadano, las protestas pueden quedar como mero ruido sin consecuencias administrativas ni judiciales.
Qué puede hacer la ciudadanía
La columna no plantea soluciones técnicas, pero sugiere un cambio de actitud que puede traducirse en acciones concretas. Entre las medidas que pueden fortalecer el control social y la participación se cuentan:
- Exigir mecanismos de transparencia en las entidades públicas y participar en veedurías ciudadanas.
- Votar con criterio informado, más allá de lealtades personales o clientelismo.
- Denunciar de manera sostenida irregularidades y acompañar los procesos hasta sus instancias administrativas o judiciales.
- Fomentar el liderazgo comunitario que priorice el bien común sobre intereses particulares.
Estas acciones no reaccionan milagrosamente, pero sí cambian el equilibrio entre tolerancia pasiva y exigencia activa. En un departamento con retos históricos de inversión, infraestructura y cohesión social, la presión organizada y persistente de la ciudadanía puede ser un factor decisivo.
Contexto regional y memoria cívica
Nariño tiene tradiciones de protesta y movilización que han marcado su historia reciente; sin embargo, la columna alerta sobre la facilidad de confundir la indignación con la eficacia. El autor recuerda que la indignación aislada, cuando no se traduce en disciplina cívica, termina siendo ritual y no instrumento de cambio.
| Actitud | Riesgo | Alternativa propuesta |
|---|---|---|
| Queja reiterada | Normalización del problema | Organización y seguimiento |
| Tolerancia al favoritismo | Clientelismo y corrupción | Voto informado y veedurías |
| Silencio por conveniencia | Impunidad | Denuncia sostenida y acompañamiento |
Un llamado que interpela a todos
El texto de Obando invita a convertir la indignación en carácter: una virtud cívica que exige perseverancia, disciplina y coraje público. La invitación no es aleccionar, sino recordar que la responsabilidad de una sociedad hacia su propio bienestar comienza por dejar de normalizar lo inaceptable. Para Nariño, un territorio con identidad andina y fronteriza, esa tarea requiere diálogo entre comunidades, instituciones y liderazgos locales, así como una ciudadanía dispuesta a intervenir sin temor a «meterse en problemas» cuando la justicia y la dignidad están en juego.
En la práctica, transformar la cultura de la queja en capacidad de incidencia implica tiempo y consistencia: participar en procesos electorales con información, demandar transparencia administrativa, acompañar denuncias y construir redes de veeduría social. Son acciones que, sumadas, pueden marcar la diferencia entre resignación y cambio efectivo.
La pregunta final que plantea la columna sigue pendiente en las calles de Pasto y en los municipios del departamento: ¿qué estamos dispuestos a dejar de tolerar? La respuesta, más que individual, deberá emerger de un esfuerzo colectivo por no acostumbrarse a lo que debería ser inaceptable.